Por Nuria Sánchez Romanos | Estrategias de Liderazgo e Inteligencia Emocional > Biblioteca de Criterio: https://www.nuriasanchezromanos.com/
Hace poco, vi a través de la pantalla el espectáculo de música, luz y drones en Barcelona con motivo de la culminación de las obras en la Torre de Jesús de la Sagrada Familia. De pronto, en la inmensidad del cielo, apareció fija y nítida la silueta de la cara de Antoni Gaudí. Todo estaba calculado, ordenado y coordinado mediante un dispositivo tecnológico sin precedentes. La técnica funcionaba de forma brillante.
Pero lo que verdaderamente conmovía no era la técnica.
Lo que hizo que tantas personas nos quedáramos atrapadas por la imagen no fue la programación de los drones, ni la sofisticación del software. Eso era necesario, por supuesto; sin método no habría habido espectáculo. Pero lo que daba el sentido de todo aquello era la intención, la belleza, la mirada compartida y el propósito puesto antes de la ejecución.
La frase de Gaudí que apareció en el cielo lo resumía con una claridad difícil de mejorar: “Primero el amor, después la técnica.”
Más allá del escenario donde se vió o del origen histórico de la frase, su lógica choca de frente con la realidad de la empresa actual. En muchos entornos profesionales se ha colocado el método en el centro y se ha dejado lo humano como un complemento, como una capa amable que se añade solo si queda tiempo, presupuesto o sensibilidad.
Se habla de procesos, indicadores, metodologías, herramientas, planificación, productividad y rendimiento. Todo eso importa, sería absurdo negarlo. Pero cuando la técnica se convierte en el punto de partida y no en la consecuencia, la gestión de equipos se vuelve fría. Si solo hay método, el liderazgo se desdibuja y se transforma en burocracia.
La empresa contemporánea ha sofisticado mucho sus sistemas de medición corporativa, pero no siempre ha afinado su capacidad de mirar. Medimos el compromiso, pero a menudo no sabemos crearlo. Medimos el clima laboral, pero no siempre nos preguntamos qué conversaciones lo deterioran. Medimos resultados, pero no siempre observamos qué tipo de relación humana los está sosteniendo o desgastando.
Por eso la frase de Gaudí no me parece una cita bonita. Me parece una advertencia.
Quien se pregunta cómo gestionar un equipo de trabajo suele buscar herramientas. Es comprensible. Las herramientas dan una sensación inmediata de avance. Para un líder, es más cómodo implementar un nuevo software de gestión que sentarse a resolver un conflicto enquistado. Pero muchas veces la pregunta verdadera es otra: cómo crear un marco en el que las personas puedan comprometerse sin quemarse, discrepar sin romperse, asumir responsabilidad sin sentirse solas y avanzar sin que todo dependa de una sola persona. Por eso, la técnica llega después.
Primero hay que mirar qué tipo de relación sostiene al equipo. Primero hay que entender qué se premia, qué se castiga, qué se calla y qué se permite. Primero hay que observar si los valores corporativos que la empresa declara se viven de verdad en las decisiones cotidianas. Primero hay que ver si existe confianza suficiente para gestionar el conflicto antes de que el problema escale.
Después vendrán las herramientas. Después vendrán las metodologías de moda. Después vendrá el proceso.
Pero si ese orden se invierte, el riesgo es construir sistemas aparentemente eficaces sobre vínculos deteriorados. Y un vínculo deteriorado siempre acaba pasando factura. A veces en los resultados. A veces en el clima. A veces en la salud organizacional de quienes sostienen la empresa.